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Raíces de amor
Por Urbana


Recostada en su terraza del noveno piso se encontraba Elena, el sol alumbraba y acariciaba su esbelto cuerpo juvenil, aún no se había casado y esperaba hacerlo algún día, siempre decía; cuando tenga tiempo. Tenía unas fotos diseminadas en su regazo, las había encontrado en el closet, estas habían caído al piso mientras buscaba ropa para la cena de aniversario de su empresa, la cual sería esa noche.

En su mano sostenía un cigarro y su mirada se perdía en las figuras de humo que salían de su boca, esas fotos la habían incomodado, eran fotos familiares, en ellas estaban su madre, sus hermanas y sus abuelos, en todas estaba ella, había pertenecido a una familia muy unida y numerosa, siempre estaban juntos, en los aniversarios, cumpleaños, graduaciones.

Una de las fotos había sido la última donde celebraron juntos el día de la madre, esto le hizo recordar aquel día especial donde fue la última vez que estuvo con su madre, la recordaba con su moño tomado con una gran cinta color lila, no usaba maquillaje apenas un delicado toque en sus labios, sus manos siempre en movimiento cocinando, lavando, planchando y cultivando sus rosas que tanto amaba, recordándola sentía en el aire su perfume floral.

Incorporándose, aún con la foto en su mano, dio algunos pasos en la terraza, se apoyó en la baranda sumergiendo su mirada en el paisaje de grandes torres y edificios donde ya vivía casi un año, después de graduarse en la universidad había emigrado del campo a la ciudad, se había consolidado en una importante empresa de seguros donde había escalado una gran posición.

Ese año lejos de la familia había pasado rápido, la vorágine del trabajo y la ciudad la habían atrapado, las llamadas telefónicas se habían distanciado y los viajes a su pueblo natal que en un principio eran un reencuentro con sus raíces alimentándola para sobrevivir en la gran ciudad, finalmente desaparecieron.

Bruscamente giró, recordando la cena de esa noche, obviamente su empresa había elegido el mejor y más exquisito restaurante, tenía una hora tomada en la peluquería y de camino pasaría a buscar el vestido que compró en una exclusiva tienda de modas. Caminó hasta su pieza y comenzó a vestirse lentamente.

Mientras se vestía, meditaba en las fotos, los recuerdos, la imagen de su madre cada vez era más fuerte, recordaba su tierna sonrisa, la complicidad que siempre habían mantenido, habían sido buenas amigas, muchos recuerdos que la ataban a ella, lazos inquebrantables de amor y gratitud, lazos que había dejado morir en un rincón de su agitada vida.


Sintiendo una gran carga en su corazón comenzó a llorar, cada vez más fuerte, sollozos inundaban su hermoso rostro, lágrimas que por fin salían a la libertad en busca del amor, llanto que lavaba su olvido y egoísmo, la sacaba de la telaraña donde había perdido su identidad.

Rápidamente, tomó su bolso, cerró la puerta de su departamento, mientras bajaba en el ascensor sentía que su corazón se iba a salir por su boca, sabía que era lo correcto, después de mucho tiempo estaba haciendo lo que su corazón le dictaba, una gran sonrisa se dibujó en su rostro mientras sacaba su automóvil del estacionamiento.

En la carretera, hizo la llamada, llegaría al atardecer, sabía que su madre estaría al borde del camino esperándola, con su cinta lila anudada en su cabello y su tierna sonrisa, con esos brazos ya cansados por el tiempo y el trabajo pero aún lo suficientemente fuertes, para llevarla hacia su pecho con olor a rosas y cubrir su rostro con sus besos de madre. Todo lo demás tendrá que esperar, se dijo en voz alta, presionando su pié en el acelerador.




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